El encargo era sencillo de enunciar y difícil de resolver: una figura suspendida en el aire, con la ropa tensa y sin una sola sombra movida, para la campaña de primavera. Y había que hacerlo en exterior, a mediodía y sin llevar el generador.
Congelar un salto con flash de estudio es un problema resuelto: se baja la potencia, el destello dura una milésima y la nitidez viene sola. En exterior, sin generador y con el sol en lo alto, hay que conseguir lo mismo jugando solo con la velocidad de obturación, la sensibilidad y la paciencia de quien salta.
Así lo montamos, por orden:
Medimos el cielo antes de que llegara nadie. Queríamos un azul saturado y limpio, sin nubes que cambiaran la exposición entre toma y toma, así que fijamos la medición sobre el cielo y dejamos que la figura entrara después en ese encuadre ya resuelto.
A 1/2000 el pie deja de arrastrar y el vuelo de la camisa se queda quieto. Eso obliga a abrir diafragma y a perder profundidad de campo, así que marcamos con cinta el punto exacto de despegue y enfocamos ahí de antemano, en manual, sin volver a tocar el anillo en toda la sesión.
Los primeros veinte saltos salieron rígidos, con las manos crispadas y la cara de estar saltando por encargo. Sobre el disparo setenta empezó a aparecer algo parecido a la alegría. La imagen que se publicó es la ciento cuatro.
Conclusión para la próxima: contar con hora y media solo para que la persona que salta se olvide de la cámara. Es el tramo de la jornada que nadie presupuesta y el único que decide si la foto sirve.